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Qué pasará después...

Estamos completando un mes de este aislamiento obligatorio en Colombia como medida preventiva ante el COVID-19.

Este tiempo nos ha servido para reencontrarnos con viejos amigos empleando medios virtuales, estar más en familia e intimar con nosotros mismos.


pigeons in ParisPixabay/Public Domain

Es gratificante ver como el planeta se está recuperando de nuestro consumo desbordado. Los mares y los ríos están renaciendo, la tierra reverdece y los pájaros han vuelto a cantar. Al silenciarse las ciudades hemos vuelto a disfrutar el trino de los gorriones bogotanos, que ya era imperceptible a nuestros oídos. El planeta se está restableciendo del daño causado por "el virus de la humanidad".

La semana pasada tuve la fortuna de tener un reencuentro casual con Henry Cruz, mi gran amigo de quinto de primaria. Reviví una tarde soleada en la que fuimos a jugar a su casa de chapinero y luego pude recordar, que así como hoy vemos florecer la naturaleza sin nuestra cotidianidad, se hacen presentes en mi mente el bachillerato, la universidad, el primer amor, nuestras verbenas juveniles al calor de unas cervezas, los sueños no cumplidos de la niñez, las enseñanzas de nuestros inolvidables maestros que colocaron su indeleble impronta en nuestras vidas. Después de una breve, pero muy amena charla, él me envió la siguiente reflexión, que con su amable autorización, comparto hoy con Ustedes.

…Qué pasará después…

Por Henry Cruz

Quien creyera que existe una especialísima soledad, temporal por fortuna, que produce el estar acompañado. Sí, tal como lo leen, estar acompañado produce soledad cuando nuestros cercanos han de sumergirse en sus quehaceres laborales, académicos y personales, o en sus legítimas angustias propias de la vida.

Las “soledades”. El concepto ha de contemplarse en plural porque las hay de varios tipos: aquella que se siente al estar físicamente aislados de todo el mundo, o esa que se vive aún a pesar de estar acompañados. Cualquiera sea, será benéfica o no, dependiendo que se torne definitiva o pasajera, pues con sabiduría un hermano de sangre me dijo alguna vez que la soledad es buena en tanto uno tenga la facultad de prescindir de ella cuando se quiera.

En las soledades siempre surgen reflexiones o ideas, constructivas o no, que determinan, por lo general, la manera de caminar luego de que la soledad nos abandone. Ahora mismo estamos ante un tipo de soledad especialísima porque su causa ha de orientar el cambio de pensamiento, palabra y obra de todos los seres humanos que aún nos creemos imperfectos, más no de aquellos que se aprecian con odiosa imponencia como inalterables – los perfectos -. En otros términos, no cabe duda que los terrenales deberíamos ser diferentes si logramos sobrevivir a esta muy grave situación generada en todo el planeta por causas aún en estudio y cuyas desconocidas conclusiones permiten divagar sobre si se originó por teoría simple de la absurda e irreverente glotonería de los amarillos de Asia Oriental, o como lo propone la biblia al predecir situaciones que sugieren el apocalipsis, o aquellas teorías complejas de geopolítica que hablan de las estrategias de los que abanderan lo que han denominado como “,,,el nuevo orden mundial…”, quienes, al parecer, pudieron acudir, dicen, a manipulaciones genéticas difuminadas estratégicamente por todos los rincones de la tierra, dirigidas a doblegar y asumir el poder soberano sobre el resto de seres humanos.

Lo único cierto es que estamos confinados, algunos acompañados y en condiciones de supervivencia, otros solos y sin nada; unos saciados y otros con hambre; unos con necesidades mientras que otros con su amasijo material; unos muy cómodos, otros no;  todos con angustias pero de diferente naturaleza, pues unos por no poder disfrutar de sus poderes, mientras que otros por la manera que lograrán sobrevivir y hacer sobrevivir a sus hijos; unos con el cansancio de no poder pausar y otros aburridos por tener todo resuelto. Todos en el mismo mar, pero no en el mismo barco como dijo otro a quien no recuerdo, al aludir a la diferencia de clases y, por ende, a la discriminación aún en el escenario de la tragedia, porque esta película de suspenso nos muestra que en el implacable mar alborotado estamos todos en busca de la salvación, pero unos luchan desde un bote, otros en opulentas embarcaciones y otros simplemente nadando, panorama incierto respecto del cual el miedo es inevitable.

Se ha dicho que la crisis sanitaria creada por este virus extraño no distingue entre clases o categorías de personas, lo cual es parcialmente cierto, porque es indiscutible que quien sea abordado por la gravedad de la enfermedad pulmonar derivada del virus, puede morir trátese de quien se trate, sin embargo es injusto ignorar que los efectos negativos son atenuados trátese de cada categoría de personas, pues quienes cuentan con medios, con provisiones, con un sitio adecuado, con los elementos de prevención y sin la angustia de la provisión futura, están menos expuestos que aquellos que adolecen de tales privilegios. Esa es la verdad y negarla es hipocresía.

Pues bien, sin llegar al capítulo final de la tragedia o del final feliz de la película, quiero contar que este confinamiento ha servido, creo que, a todos, para hacer varias reflexiones profundas que, en esta oportunidad, ante el temor de lo desconocido y casi sobrenatural, son meditadas, contempladas con seriedad y asumidas como tareas. Quien escribe quiere compartir algunas con quienes se atrevan a leerlas en este momento en que hay tiempo hasta para ver torpezas.

Estos pensamientos nacen al toparme con un poema que me envió un amigo del colegio y que dibuja con precisión el guion de esta novela. “Cuando la tormenta pase”, se llama el poema que algunos le atribuyen a Benedetti, otros al exiliado cubano Alexis Valdés quien reclama esa bella expresión como suya a la que cita con la gran palabra de “Esperanza”. Incluso otros han aportado a la confusión al citar “El Poema de la Peste” y le asignan autoría a Kitty O’ Meara, obra escrita, dicen varios, durante la epidemia de la peste de 1800. Para efectos  prácticos me referiré al poema “Cuando la Tormenta Pase” y quiero creer que sea de Benedetti, a quien admiro sin conocerlo mucho, pero es de los pocos poetas que leo y eso porque alguna vez, en un Juzgado, sí, en un juzgado, por allá por el año 1987, increíble, escuché a un amigo declamar “Táctica y Estrategia”, con el sentimiento propio que da la etapa avanzada de ingesta y me fascinó, inclinación que fortalecí alguna noche de Cartagena cuando otro amigo que también se encontraba bajo el influjo “múltiple o diverso”, de manera irresponsable me regaló un libro de este maestro, obra que aún conservo. Debo confesar que no soy un lector asiduo de poesía lo confieso. No leo poesía porque además de ser un pésimo lector, me aburren los poetas que se han encargado de enviar mensajes divinos, pero de la manera más enredada posible. Pues bien, como dijo Joaquín Sabina “…ese no soy yo…”. Tampoco soy el gran estudioso de Sabina, me gusta mucho no más.

Aquel poema cuya autoría al parecer es más confusa que la cura de esta pandemia describe situaciones futuras que vale la pena analizar. Predice cosas que sentiremos o viviremos luego de la tragedia, tales como la alegría que sentiremos al sabernos vivos; la alegría de abrazar al extraño; valoraremos por fin la amistad; recordaremos lo que hemos perdido; aprenderemos lo que no hemos aprendido; desaparecerá la envidia, la desidia y seremos más compasivos; valdrá más lo que es de todos ya que nos volveremos generosos y comprometidos; entenderemos la fragilidad de la vida; extrañaremos al pordiosero que pide limosna y que despreciamos sin saber que ese andrajoso era Dios que nos cuidaba, a quien nunca contemplamos porque privilegiamos los afanes de aparentes prioridades, sin embargo, le pediremos a él, único Dios, que “…nos devuelvas mejores como nos habías soñado…

Comienzo por lo último para abordar eso tan complejo – Dios -. En la sociedad ha hecho carrera que quien dice ser creyente sea mirado como un retrogrado. Los personajes cultos, leídos e instruidos, poseedores de gran erudición, cada vez se ven más distantes de lo espiritual, niegan y reniegan de Dios. El posicionar una tesis o postura conceptual sobre cualquier tema, debe estar despojada de inclinación religiosa o si no la ven con desdén. El creer en Dios casi que es visto como una postura ridícula, pero eso sí, existe una moralidad hipócrita que no ofrece razones.  

La verdad no la tiene nadie. El ateo se limita a justificar lo que siente y ve, lo material y terrenal. El creyente tampoco atina a convencer porque acuden a religiosidades que desvirtúan sus argumentos. El hombre siempre trata de justificar el poco apego a lo espiritual a través de posturas egocentristas, al querer mostrarse como autosuficientes. La confusión es inmensa. Pero eso no es de ahora, esa discusión tiene muchos años, la prevalencia de la razón sobre lo divino o al revés. La ciencia explicando fenómenos extraños. En lo personal siento lo que llaman temor de Dios, oro, creo en la existencia de una fuerza superior que justifica la humanidad y la naturaleza, sin embargo, me falta aprender y fortalecer la fe, por lo que ruego por lograrlo. No soy cristiano ni católico y esa ambigüedad me agobia, pero si de tomar partido se trata, me inclino por hacerme al lado de Dios.

En este momento de incertidumbre vuelven los cuestionamientos religiosos. Unos se atreven a señalar que Dios está molesto por la actitud del ser humano y que nos está llamando la atención, otros asignan responsabilidades estrictamente científicas y políticas. Claro, no pueden negar que hay análisis teológicos que soportan con seriedad las evidencias de pronósticos cumplidos con lo que hoy está sucediendo en el planeta. Coinciden cosas, pero todo queda en manos de la fe. Quienes la profesan tienen claro el camino, pero quienes no, también tienen claro el camino, porque no se preocupan por cosas ajenas a lo que lo terrenal les indique. El problema grave es para quienes estamos en el medio.

Innegable es que nos enfrentamos a lo desconocido, nos sentimos agobiados por un fantasma del que nada se sabe. Nunca mi generación, ni la próxima pasada, ni las sucesoras, habían vivido cosa similar. Todos los seres humanos del planeta asustados, confinados, resguardados. Todos los seres humanos del mundo haciendo cosas elementales que nunca constituyeron un hábito, como el lavarse las manos previo aprendizaje de la manera de hacerlo, quitarse la ropa al llegar a casa, bañarse seguido. Desinfectando todo lo que pase por sus manos. Usando elementos de prevención epidemiológica. Nuestros padres y nosotros como padres velando por el cuidado de los hijos, pensando en ellos, preocupados por ellos, seguramente ellos por nosotros. Las labores académicas y laborales suspendidas. La manera de estudiar y trabajar cambió. Las autoridades enloquecidas tratando de afrontar la crisis con improvisaciones propias del desconocimiento. El sector salud descubriendo sus inmensas fragilidades, o mejor, visibilizándolas. La gente desafortunada muriendo más por la agresividad del sistema de salud precario, que por el propio mal. La economía colapsada, grandes sectores sociales marginados a punto de estallar con violencia porque nadie se confina con hambre. Los conglomerados económicos preocupados por la disminución de sus riquezas. Los políticos atados de manos porque por fin un fenómeno sobrenatural les impide desarrollar su labor de disuasión engañosa.

A la par con estos efectos, a nivel particular el ser humano se ha enfrentado a lo oculto de su propio ser. La tolerancia se ha puesto a prueba en las relaciones familiares y en aquellas relaciones maritales. La posibilidad de disfrutar tiempos extensos con su esposa e hijos han derivado en el cuestionamiento de las condiciones personales de tolerancia, solidaridad, comprensión, amor y trabajo familiar en equipo.

Son muchas cosas que pasan por la mente y se escapan en este relato.

Pero finalmente quiero preguntarme y preguntarles a todos. Qué va a pasar en realidad una vez esto termine, si es que termina y de la manera en que esto termine. No sabemos qué pueda pasar. Esto según los científicos no se reduce a un confinamiento corto. Qué va a pasar con el estudio, con el trabajo, con la salud, con las relaciones interpersonales, con los medios de trasportarse las personas, con las actividades propias de la micro y macroeconomía, con la formación de nuestros hijos, nietos. Qué va a pasar con las relaciones afectivas si por mucho tiempo estarán vedadas las muestras físicas de acercamiento. Qué va a pasar con las actividades lúdicas comunes de la sociedad. Qué va a pasar con la política. Qué va a pasar Dios mío.

Por ahora pensemos en que todo saldrá bien, bien porque así es en verdad o bien porque los dirigentes de los países disponen que todo debe regresar a la normalidad y un decreto lo dispone. O porque estoy seguro, todos anhelan volver a las actividades que se desplegaban en otrora. Qué va a pasar a nivel personal y social. El ser humano difícilmente cambia por las vicisitudes, pues su ADN se ha forjado desde la cuna, por lo que lamentablemente podríamos presumir que el cambio que tengan las personas, si es que lo hay, será parcial y temporal.

¿Estaremos dispuestos a ayudar al que lo necesite, a valorar la amistad, a manejar con sensatez la tolerancia y la solidaridad?, estaremos dispuestos a amar y respetar con plena sinceridad a su pareja? a trabajar por el bien de todos y no por intereses  particulares y egoístas?; a respetar las normas de civilidad necesarias en la sociedad?; a respetar el derecho ajeno?; estaremos dispuestos a desterrar la corrupción con acciones concretas y serias?; estaremos dispuestos a propiciar escenarios y procesos educativos adecuados?; lograremos una administración de justicia realmente justa?; lograremos estructurar un sistema de salud acorde a las necesidades de la sociedad y bajo criterios de igualdad, tecnología y eficiencia?; lograremos desterrar la politiquería?; alcanzaremos a comprender la necesidad de reformar los procesos de selección de los servidores públicos de los poderes públicos?.

Si no lo hacemos, el miedo no hizo sino afligirnos en la oscuridad y eso de nada sirve.

Por ahora lo único seguro es que Cuando La Tormenta Pase, la familia y los amigos ocuparán un espacio insustituible en el trasegar diario, esta vez es en serio. Lo demás vendrá si queremos que así sea, pero eso está por verse.

Gerardo Alfonso es Ingeniero Eléctrico de la Universidad de los Andes en Colombia. Se ha dedicado durante los últimos 32 años a trabajar en la mejora de la eficiencia energética de los Data Center participando activamente en ASHRAE como miembro con voto del comité Técnico TC 9.9, del SSPC 90.4 y del SPC 127. Además, es miembro de IEEE, BICSI, TGG, ACIEM, ACAIRE. Actualmente es Consultor Sénior en Ingeal.

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